miércoles, 11 de marzo de 2009

La "guerra anticampesina"


El proceso de colectivización de la agricultura fue una decisión del comité central del partido comunista de la Unión Soviética tomada en diciembre de 1929.

La colectivización fue una verdadera guerra declarada por el Estado contra el modelo rural y tradicional. Los campesinos, el 82% de la población soviética, fueron obligados a entregar sus bienes y explotaciones a la colectivización, cuyas pautas de producción eran fijadas por las autoridades centrales. La mayoría de los campesinos no tenían propiedades, trabajaban para los kulaks, así que recibieron con entusiasmo la nueva política. Para su ejecución, los funcionarios miembros del partido comunista que estaban presentes en los campos fueron apoyados por brigadas de activistas provenientes de centros industriales.

La respuesta de los kulaks fue muchas veces violenta y desesperada, habiendo numerosas manifestaciones, revueltas y disturbios por todo el país. Más de 14.000 casos fueron registrados por la O.G.P.U.

Tras estallar disturbios y revueltas, rápidamente fue enviado el Ejército Rojo para ahogar la rebelión. Paralelamente la policía secreta inició una campaña de terror con el objetivo de romper el ánimo de los kulaks. En 1929 se arrestó a miles de intelectuales ucranianos bajo falsos cargos siendo fusilados o enviados a campos de trabajo en Siberia. La resistencia movilizó cerca de tres millones de personas, en particular de las regiones pobladas por cosacos de los ríos Don, Volga, Kuban, del norte del Cáucaso y sobre todo en Ucrania.

Las motivaciones para las sublevaciones fueron múltiples surgiendo de acuerdo con los nuevos desafíos suscitados por las colectivizaciones del Estado Soviético, por la oposición a la política anti-religiosa, el cierre de iglesias, el vandalismo de las juventudes comunistas, y otras circunstancias derivadas de políticas estatales.

No obstante, en muchos casos, las víctimas de la represión fueron simplemente abandonadas en esos territorios distantes e inhóspitos. En consecuencia, aproximadamente 500.000 deportados, entre ellos muchos niños, murieron por frío, hambre o los trabajos extenuantes.

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